martes, mayo 23, 2006

Porque no son mis ojos los que te privan de ver la verdad, sino que son tus manos las que me alejan de vos para que yo te pueda gritar que sos mi todo.
Porque no es que yo no escuche tus súplicas al partir, sino que es tu pelo el que no me deja acariciarte el rostro cada segundo que estás junto a mí.
Porque no es que mis palabras son absurdas y no te llagarán jamás; es tu respiración la que me priva de entregarte las miles de cartas que te he escrito.
Porque no es mi austeridad la que no me permite decir que disfruto grandemente el tiempo que comparto junto a ti, es tu voz la que me hace temblar y me hace sentir desesperación, porque yo, como siempre, te espero.
No es mi nostalgia, no, la que me condiciona para llevarte a mi lugar favorito y mostrarte las cosas que por vos he creado, son tus silencios de espera los que me atan y no me dejan tocar tus manos.
Perdoname, pero así soy yo. Con un poco de ternura y delicadeza me vas a encontrar. No esperes de mí lo que todos te puedan dar, no. Yo te voy a dar lo que nadie más puede. Porque no sé cómo decirlo. Porque no sé como expresarlo. Pero sí sé como se siente, adentro. Y vos, dame tiempo, porque lo vas a ver y lo vas a sentir.

lunes, mayo 22, 2006

Historia de lejanía

Maté la soledad de tu mano, me embriagué y la solté. Hoy estoy malherido, pues la soledad está matándome a mí.
Pareciera ser que no hay una historia, sólo retazos de alguna tempestad que no fue ni tan intensa, ni tan voraz. Sólo fue un roce de yemas buscando la esencia. Allí empezó esta historia.

Pablo dijo adiós y todos sonrieron al partir. Se sentía un tanto nervioso por emprenderse en aquella nueva aventura.
Vivió toda su vida con ellos, a pesar de eso no conocían un detalle de él, pues ni siquiera entendían su “adiós”.
Tener veinte años no debe muy agradable en un lugar así, él me lo decía siempre “acá no se puede nada, loco!”, pero nunca le entendí.
De estudio dijo que se iba, a todos les pareció bien, nadie le quería cortar las alas; pero una vez Silvia le dijo “fíjate bien lo que haces”, por supuesto no tuvo la más mínima importancia.
Se vistió de negro, a él le gusta el negro, a mí me parecía medio tonto porque hacía mucho calor, pero era entendible, no era una despedida muy feliz y el negro se adaptaba a la situación.
En Emul éramos la pareja más joven (al menos la que se mostraba), y todos nos miraban y trataban con cariño. A Pablo esa situación le era indiferente y sólo buscaba una excusa para salir de ese “páramo”.
Yo lo quería mucho, al menos eso pensaba, y el hecho de que se fuera no me parecía tan malo. Él sólo quería crecer. Un día me dijo que quizá él no era lo que yo esperaba. Decidí guardar esas palabras en el cajón de los olvidos. No salíamos mucho pero nos gustaba caminar, siempre me invitaba a bailar y mi respuesta siempre era negativa (creo que le tenía miedo), entonces su mirada caía y cambiaba de tema.
Sus ojos marrones me transmitían paz y locura en cada encuentro, debo reconocer que su dolor me atormentaba un poco y mis dudas eran cada vez más evidentes.
Un rayo de sol me provoca una risa que no recordaba y que tan bien le caía a él.
¡Tenía cada idea! A veces se ponía a deliberar y justificar la presencia de Dios. Otras, me explicaba qué era el amor y como se detecta su existencia (creo que nunca le entendí).
Esas tardes en la plaza eran mágicas, sentados en un banquito, charlando, besándonos, él me abrazaba y acariciaba hasta el punto del hartazgo, las manos buscando estar juntas en todo momento. Cuando parecía que la pasión llegaba a la cima la razón encandilaba el fuego de nuestro encuentro.
Emul era tranquilo y siempre buscábamos algún lugar para abrazarnos.
Estudiábamos juntos, aunque él me llevaba dos años, creo que ambos éramos buenos en lo que hacíamos pero él pensaba demasiado en mí, un día me dijo “Nati, yo por vos dejo todo esto”, no entendí.
Soñaba con casarse y tener hijos, yo quería mi lugar propio.
Usaba ropa común y no le gustaba peinarse. Me decía que le encantaba mi desordenado pelo.
Anunciaba todos sus movimientos, yo era impredecible.
Muchas veces me hablaba tonterías, yo también.
Odiaba que le dijeran qué hacer, yo escuchaba sus quejas.
Recordaba cada momento con lujo de detalles, a mí no me importaban esas cosas.
Él decía que nunca podría mentirme, ¿Cómo le voy a creer algo así?
Rara vez se mostró inseguro de sus sentimientos, yo era un mar de dudas.
A veces nos heríamos demasiado.
Miraba de una forma tal que parecía eterno, mis ojos no desprendían tal encanto.
Ironizaba al punto de volverse indescifrable, yo prefería el silencio.
Orientaba sus sentimientos más nobles hacia mí, aunque me costaba leer su lenguaje sabía que era algo profundo. Tal vez sus ojos marrones y mis manos pequeñas hayan sido suficiente para hacer eterna esta historia.
Su ropa negra es una constante en él, y su adiós me suena en cada giro que dan las ruedas del autobús que me saca de Emul y me desprenden (para siempre) de Pablo.

sábado, mayo 20, 2006

El señor de la quiniela

Francamente, la situación, no esperaba que se presentase de este modo, pero así son las cosas y hay que decidir por cuál de los caminos tiramos al muerto.
Lo que es indudable, a esta altura del partido, es la imprecisa concatenación de los hechos, sobre todo después de lo que sucedió con Roberto en el club.
Roberto tenía menos guita que un desconocido sin facha, pero esa tarde, en el club, nos mostró una suma impresionante de dinero. Todos nos quedamos boquiabiertos y le preguntamos de dónde había sacado tanta guita. Nos respondió que la quiniela hace milagros. No entendimos bien así que seguimos jugando al billar, y él empezó a apostar. Le ganó al Turco y a Jorge, pero jugó sólo por diez mangos (los muchachos no habían tenido la suerte de la quiniela). Después le tocó con Luis, Roberto le apostó 350, Luis aceptó (él era de guita, de familia). Luis era muy salado para la billa, casi nadie le había ganado desde que llegó al club. Fue un partido durísimo. Bocha a bocha nos secábamos la frente con la manga de la camisa. Luis se sorprendía con la precisión que jugaba Roberto, nunca había jugado tan bien, al menos delante de nosotros. Luis se puso muy nervioso y Roberto metió le última bola con un tiro magistral.
Nadie comprendió cómo, de un día para otro, Roberto había cambiado tanto, ya era un tipo de guita y un experto en el billar.
Por eso más incompresible es lo que pasó a la semana siguiente.
Roberto cayó al club con un dedo vendado. A coro le preguntamos qué había pasado, nos dijo que a veces se tiene mala suerte. Ahora sí nadie entendió un pomo y le repreguntamos. Nos dijo que el señor de la “quiniela” no era el tipo más comprensivo del universo.
De a poco, todas las joyas empezaron a desaparecer de su cuerpo, el traje carísimo que vestía le desapareció y quedó en pelotas. Nos recontra re cagamos de miedo. Su cara empezó a palidecer con una velocidad que sólo se logra en una cámara frigorífica de primer nivel, y nosotros estábamos en el club, que hace un calor de mierda. Su cuerpo se puso blanco, como si se le hubiera secado toda la sangre; su boca se abrió tan grande que le ocupó casi toda la cara. Y ahí nomás, durito como estaba, le salió un humito rojo por la oreja izquierda. Se desplomó en el piso, durito como estaba.
Andamos buscando donde tirar el cadáver, no vaya a ser cosa que en el cementerio se quiera instalar el señor de la quiniela y nos haga la muerte imposible a todos.

jueves, mayo 11, 2006

Si es así

Con todo el respeto que te tengo tengo que decirte, a gritos, que ya no me extraña que no respondas a mis llamadas a altas horas de la noche, pues es de suponer que ni tu voz ni tus oídos quieren saber de mí.

Sugiero a los astros alejarse un rato de mi sombra para poder soñarte sin luces. Quiero soñarte en sombras. Quiero soñarte como lo que sos: una mancha más del tigre.

Ya no importa, en realidad, lo que dejamos en el camino para que otros lo coman en su vuelta a casa. Lo que interesa en todo esto son los papeles que se lleva el inodoro cada vez que tiro de la cadena.

Si supieras que no me duele la muela de juicio desde hace veintiun años toda tu carga de conciencia sería más liviana para los pobres desparecidos por el horror de quejarme de mi suerte y tu abandono.

Cuántas veces dije adiós con tal de que me sientas lejos!

Sabés algo? Debo irme. Debo hacerlo porque las cosas han tomado un color oscuro. Parece que los astros me han abandonado. no es que te eche la culpa ni nada, pero sería saludable para mí y para vos, que dejemos los papeles sin escribir esta vez.

No te hagas problema, yo te voy a entender.

Un Beso y Un Abrazo para los indolentes que se han posesionado de vos.