Historia de lejanía
Maté la soledad de tu mano, me embriagué y la solté. Hoy estoy malherido, pues la soledad está matándome a mí.
Pareciera ser que no hay una historia, sólo retazos de alguna tempestad que no fue ni tan intensa, ni tan voraz. Sólo fue un roce de yemas buscando la esencia. Allí empezó esta historia.
Pablo dijo adiós y todos sonrieron al partir. Se sentía un tanto nervioso por emprenderse en aquella nueva aventura.
Vivió toda su vida con ellos, a pesar de eso no conocían un detalle de él, pues ni siquiera entendían su “adiós”.
Tener veinte años no debe muy agradable en un lugar así, él me lo decía siempre “acá no se puede nada, loco!”, pero nunca le entendí.
De estudio dijo que se iba, a todos les pareció bien, nadie le quería cortar las alas; pero una vez Silvia le dijo “fíjate bien lo que haces”, por supuesto no tuvo la más mínima importancia.
Se vistió de negro, a él le gusta el negro, a mí me parecía medio tonto porque hacía mucho calor, pero era entendible, no era una despedida muy feliz y el negro se adaptaba a la situación.
En Emul éramos la pareja más joven (al menos la que se mostraba), y todos nos miraban y trataban con cariño. A Pablo esa situación le era indiferente y sólo buscaba una excusa para salir de ese “páramo”.
Yo lo quería mucho, al menos eso pensaba, y el hecho de que se fuera no me parecía tan malo. Él sólo quería crecer. Un día me dijo que quizá él no era lo que yo esperaba. Decidí guardar esas palabras en el cajón de los olvidos. No salíamos mucho pero nos gustaba caminar, siempre me invitaba a bailar y mi respuesta siempre era negativa (creo que le tenía miedo), entonces su mirada caía y cambiaba de tema.
Sus ojos marrones me transmitían paz y locura en cada encuentro, debo reconocer que su dolor me atormentaba un poco y mis dudas eran cada vez más evidentes.
Un rayo de sol me provoca una risa que no recordaba y que tan bien le caía a él.
¡Tenía cada idea! A veces se ponía a deliberar y justificar la presencia de Dios. Otras, me explicaba qué era el amor y como se detecta su existencia (creo que nunca le entendí).
Esas tardes en la plaza eran mágicas, sentados en un banquito, charlando, besándonos, él me abrazaba y acariciaba hasta el punto del hartazgo, las manos buscando estar juntas en todo momento. Cuando parecía que la pasión llegaba a la cima la razón encandilaba el fuego de nuestro encuentro.
Emul era tranquilo y siempre buscábamos algún lugar para abrazarnos.
Estudiábamos juntos, aunque él me llevaba dos años, creo que ambos éramos buenos en lo que hacíamos pero él pensaba demasiado en mí, un día me dijo “Nati, yo por vos dejo todo esto”, no entendí.
Soñaba con casarse y tener hijos, yo quería mi lugar propio.
Usaba ropa común y no le gustaba peinarse. Me decía que le encantaba mi desordenado pelo.
Anunciaba todos sus movimientos, yo era impredecible.
Muchas veces me hablaba tonterías, yo también.
Odiaba que le dijeran qué hacer, yo escuchaba sus quejas.
Recordaba cada momento con lujo de detalles, a mí no me importaban esas cosas.
Él decía que nunca podría mentirme, ¿Cómo le voy a creer algo así?
Rara vez se mostró inseguro de sus sentimientos, yo era un mar de dudas.
A veces nos heríamos demasiado.
Miraba de una forma tal que parecía eterno, mis ojos no desprendían tal encanto.
Ironizaba al punto de volverse indescifrable, yo prefería el silencio.
Orientaba sus sentimientos más nobles hacia mí, aunque me costaba leer su lenguaje sabía que era algo profundo. Tal vez sus ojos marrones y mis manos pequeñas hayan sido suficiente para hacer eterna esta historia.
Su ropa negra es una constante en él, y su adiós me suena en cada giro que dan las ruedas del autobús que me saca de Emul y me desprenden (para siempre) de Pablo.
Pareciera ser que no hay una historia, sólo retazos de alguna tempestad que no fue ni tan intensa, ni tan voraz. Sólo fue un roce de yemas buscando la esencia. Allí empezó esta historia.
Pablo dijo adiós y todos sonrieron al partir. Se sentía un tanto nervioso por emprenderse en aquella nueva aventura.
Vivió toda su vida con ellos, a pesar de eso no conocían un detalle de él, pues ni siquiera entendían su “adiós”.
Tener veinte años no debe muy agradable en un lugar así, él me lo decía siempre “acá no se puede nada, loco!”, pero nunca le entendí.
De estudio dijo que se iba, a todos les pareció bien, nadie le quería cortar las alas; pero una vez Silvia le dijo “fíjate bien lo que haces”, por supuesto no tuvo la más mínima importancia.
Se vistió de negro, a él le gusta el negro, a mí me parecía medio tonto porque hacía mucho calor, pero era entendible, no era una despedida muy feliz y el negro se adaptaba a la situación.
En Emul éramos la pareja más joven (al menos la que se mostraba), y todos nos miraban y trataban con cariño. A Pablo esa situación le era indiferente y sólo buscaba una excusa para salir de ese “páramo”.
Yo lo quería mucho, al menos eso pensaba, y el hecho de que se fuera no me parecía tan malo. Él sólo quería crecer. Un día me dijo que quizá él no era lo que yo esperaba. Decidí guardar esas palabras en el cajón de los olvidos. No salíamos mucho pero nos gustaba caminar, siempre me invitaba a bailar y mi respuesta siempre era negativa (creo que le tenía miedo), entonces su mirada caía y cambiaba de tema.
Sus ojos marrones me transmitían paz y locura en cada encuentro, debo reconocer que su dolor me atormentaba un poco y mis dudas eran cada vez más evidentes.
Un rayo de sol me provoca una risa que no recordaba y que tan bien le caía a él.
¡Tenía cada idea! A veces se ponía a deliberar y justificar la presencia de Dios. Otras, me explicaba qué era el amor y como se detecta su existencia (creo que nunca le entendí).
Esas tardes en la plaza eran mágicas, sentados en un banquito, charlando, besándonos, él me abrazaba y acariciaba hasta el punto del hartazgo, las manos buscando estar juntas en todo momento. Cuando parecía que la pasión llegaba a la cima la razón encandilaba el fuego de nuestro encuentro.
Emul era tranquilo y siempre buscábamos algún lugar para abrazarnos.
Estudiábamos juntos, aunque él me llevaba dos años, creo que ambos éramos buenos en lo que hacíamos pero él pensaba demasiado en mí, un día me dijo “Nati, yo por vos dejo todo esto”, no entendí.
Soñaba con casarse y tener hijos, yo quería mi lugar propio.
Usaba ropa común y no le gustaba peinarse. Me decía que le encantaba mi desordenado pelo.
Anunciaba todos sus movimientos, yo era impredecible.
Muchas veces me hablaba tonterías, yo también.
Odiaba que le dijeran qué hacer, yo escuchaba sus quejas.
Recordaba cada momento con lujo de detalles, a mí no me importaban esas cosas.
Él decía que nunca podría mentirme, ¿Cómo le voy a creer algo así?
Rara vez se mostró inseguro de sus sentimientos, yo era un mar de dudas.
A veces nos heríamos demasiado.
Miraba de una forma tal que parecía eterno, mis ojos no desprendían tal encanto.
Ironizaba al punto de volverse indescifrable, yo prefería el silencio.
Orientaba sus sentimientos más nobles hacia mí, aunque me costaba leer su lenguaje sabía que era algo profundo. Tal vez sus ojos marrones y mis manos pequeñas hayan sido suficiente para hacer eterna esta historia.
Su ropa negra es una constante en él, y su adiós me suena en cada giro que dan las ruedas del autobús que me saca de Emul y me desprenden (para siempre) de Pablo.

2 Comments:
qué grosso que sos loco_!!!
sí pepito, pero nadie me lee.
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