El señor de la quiniela
Francamente, la situación, no esperaba que se presentase de este modo, pero así son las cosas y hay que decidir por cuál de los caminos tiramos al muerto.
Lo que es indudable, a esta altura del partido, es la imprecisa concatenación de los hechos, sobre todo después de lo que sucedió con Roberto en el club.
Roberto tenía menos guita que un desconocido sin facha, pero esa tarde, en el club, nos mostró una suma impresionante de dinero. Todos nos quedamos boquiabiertos y le preguntamos de dónde había sacado tanta guita. Nos respondió que la quiniela hace milagros. No entendimos bien así que seguimos jugando al billar, y él empezó a apostar. Le ganó al Turco y a Jorge, pero jugó sólo por diez mangos (los muchachos no habían tenido la suerte de la quiniela). Después le tocó con Luis, Roberto le apostó 350, Luis aceptó (él era de guita, de familia). Luis era muy salado para la billa, casi nadie le había ganado desde que llegó al club. Fue un partido durísimo. Bocha a bocha nos secábamos la frente con la manga de la camisa. Luis se sorprendía con la precisión que jugaba Roberto, nunca había jugado tan bien, al menos delante de nosotros. Luis se puso muy nervioso y Roberto metió le última bola con un tiro magistral.
Nadie comprendió cómo, de un día para otro, Roberto había cambiado tanto, ya era un tipo de guita y un experto en el billar.
Por eso más incompresible es lo que pasó a la semana siguiente.
Roberto cayó al club con un dedo vendado. A coro le preguntamos qué había pasado, nos dijo que a veces se tiene mala suerte. Ahora sí nadie entendió un pomo y le repreguntamos. Nos dijo que el señor de la “quiniela” no era el tipo más comprensivo del universo.
De a poco, todas las joyas empezaron a desaparecer de su cuerpo, el traje carísimo que vestía le desapareció y quedó en pelotas. Nos recontra re cagamos de miedo. Su cara empezó a palidecer con una velocidad que sólo se logra en una cámara frigorífica de primer nivel, y nosotros estábamos en el club, que hace un calor de mierda. Su cuerpo se puso blanco, como si se le hubiera secado toda la sangre; su boca se abrió tan grande que le ocupó casi toda la cara. Y ahí nomás, durito como estaba, le salió un humito rojo por la oreja izquierda. Se desplomó en el piso, durito como estaba.
Andamos buscando donde tirar el cadáver, no vaya a ser cosa que en el cementerio se quiera instalar el señor de la quiniela y nos haga la muerte imposible a todos.
Lo que es indudable, a esta altura del partido, es la imprecisa concatenación de los hechos, sobre todo después de lo que sucedió con Roberto en el club.
Roberto tenía menos guita que un desconocido sin facha, pero esa tarde, en el club, nos mostró una suma impresionante de dinero. Todos nos quedamos boquiabiertos y le preguntamos de dónde había sacado tanta guita. Nos respondió que la quiniela hace milagros. No entendimos bien así que seguimos jugando al billar, y él empezó a apostar. Le ganó al Turco y a Jorge, pero jugó sólo por diez mangos (los muchachos no habían tenido la suerte de la quiniela). Después le tocó con Luis, Roberto le apostó 350, Luis aceptó (él era de guita, de familia). Luis era muy salado para la billa, casi nadie le había ganado desde que llegó al club. Fue un partido durísimo. Bocha a bocha nos secábamos la frente con la manga de la camisa. Luis se sorprendía con la precisión que jugaba Roberto, nunca había jugado tan bien, al menos delante de nosotros. Luis se puso muy nervioso y Roberto metió le última bola con un tiro magistral.
Nadie comprendió cómo, de un día para otro, Roberto había cambiado tanto, ya era un tipo de guita y un experto en el billar.
Por eso más incompresible es lo que pasó a la semana siguiente.
Roberto cayó al club con un dedo vendado. A coro le preguntamos qué había pasado, nos dijo que a veces se tiene mala suerte. Ahora sí nadie entendió un pomo y le repreguntamos. Nos dijo que el señor de la “quiniela” no era el tipo más comprensivo del universo.
De a poco, todas las joyas empezaron a desaparecer de su cuerpo, el traje carísimo que vestía le desapareció y quedó en pelotas. Nos recontra re cagamos de miedo. Su cara empezó a palidecer con una velocidad que sólo se logra en una cámara frigorífica de primer nivel, y nosotros estábamos en el club, que hace un calor de mierda. Su cuerpo se puso blanco, como si se le hubiera secado toda la sangre; su boca se abrió tan grande que le ocupó casi toda la cara. Y ahí nomás, durito como estaba, le salió un humito rojo por la oreja izquierda. Se desplomó en el piso, durito como estaba.
Andamos buscando donde tirar el cadáver, no vaya a ser cosa que en el cementerio se quiera instalar el señor de la quiniela y nos haga la muerte imposible a todos.

1 Comments:
Muy buen post.
Yo siempre juego la Quiniela Futbol, así que me sentí un poco adentrado dentro de la lectura,
saludos
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