martes, noviembre 29, 2005

Eso, sólo eso.

No pensamos que sería cierto y la máquina lentamente se detuvo, entramos en ella y nos complementamos como esos que sueñan encontrar un ideal hasta que se enfrentan y reparten alegria por doquier.
Te oigo lejana, las piernas tiemblan, me miras como a una pantalla con la cual puedes jugar, me olvidas y transformas la melancolía en absurdo consuelo para restaurar las máquinas del amor ideario.
Ya te alejas y te pareces tanto tanto a ella, te reflejas en un sentimiento gigante y sólo sos una ilusión, un inancazable. Ya te alejas sin sonreir siquiera y me monto en mi córcel electrónico para abandonarme sin llorarte. Ya te vas, simplemente te vas y me queda un consuelo: Volverás.

miércoles, noviembre 23, 2005

Y estabamos allí, soñolientos y desesperados por llover y aguantar el ocaso. Nos miramos sin futuro, agnosticos y frustrados. Nos besamos sin mirarnos y sin tocarnos. Tus labios, tiernos, reflejaban las lunas de mi despertar. Una vez más caímos para separar las nueces de sus cáscaras y nos olvidamos, sin querer, de las lunas inconstantes, de los tobillos indolentes y los corazones reticentes.
Te beso para no apartarme. Pregunto si te besaré y me quejo de mi impertinencia. Acaricio tus lágrimas entre las sombras. Toco los pies para no llorar junto a tí. Los diarios en el piso me refugian de tu tristeza y vuelvo a besarte sin consuelo porque te molesta que te consuelen.
Y quedo sin sombras, entre las lunas y los diarios de abrigo pidiendo, otra vez, tus monedas de amor para beber mañana una copa más. Evasiva como tú. Desesperada como yo.