domingo, febrero 26, 2006

Se levantó temprano con la ilusión de correr el riesgo de vivir. Me soltó la mano para ver si había aprendido a caminar por sus propios medios, lo logró y lloró de alegria al saberse útil en un mundo lleno de ilusiones y rechazos egocéntricos.
El ángel de la noche caminó por caminos repletos de plantitas de colores tan diversos como el arcoiris (visto de cerca) y encontró, en su andar, una pequeña llama de fuego que se hizo llamar esperanza.
Mira perplejo la soledad de los deambulantes y suspira con aire humano para ver si puede sonreirle la dama de rojo que se acerca con cara de vidriera. No le sonrie. El ángel se evade.Suspira nuevamente y se detiene frente a los grillos del verano atorrante.
Las palmas de sus manos me recuerdan a la fantasia que tuve una vez sobre aquél indio mapuche de dura corteza que miraba, entristecido, como las lanzas había perforado sus ya cansados dedos y lastimaban infinitamente a su gente, su gente que se perdía entre los malones y las invasiones. La nada es lo que le quedó al indio en sus manos. La nada es lo que el ángel transporta en las suyas.
Anduvo como el humano que sueña con un mundo mejor un largo tiempo. Peleó contra los malos poderosos. Cerró los ojos.

volvió a su cielo.

Sólo a esperar el milagro.

martes, febrero 21, 2006

Una voz del litoral

Pensamos, en la orilla del rio, que las cosas no funcionaban como queriamos. Escuchamos disparos. Corrimos.
Al parecer la gente de la otra orilla se ha enojado con nosotros por protestar y exigir un mundo más justo. Es que habrán pensado que lo hacemos de mala leche. Más bien creo que es culpa de los peces que, hace un tiempo, se han venido a nuestra orilla con miedo de morir en la otra.
Las cosas se ponen caliente con tantos días en la ruta. La gente de los otros pueblos no se da cuenta de lo que se puede venir si al fin y al cabo ganan los que siempre ganan. Me parece que ahora nos toca a nosotros.
Sé que es muy difícil y nos duelen las patas al caminar interminablemente por el mismo asfalto todos los días.
Todos sabemos que aunque nos ganen los gigantes con corazón de hielo nosotros, los pobres diablos, nos uniremos para algún día vencer por todos los que no tienen voz.

Los de la otra orilla no ven lo que nosotros vemos; no ven a los niños muriendo porque no tendrán un rio donde nadar, no ven la ausencia del turista que venía a alegrar nuestros carnavales, no ven las lágrimas en sus ojos por lo que no supieron cuidar.
Los de la otra orilla no siempre son así, pero es muy común que se te pongan en contra; pues, son de "la otra orilla".