domingo, junio 11, 2006


Hubiera sido más aplicado de haber tenido las manos atadas en la soga de Juancito cuando dejé de ser el romático pérfido de siete años que siempre fui. Pero nadie se dio cuenta de lo que estábamos planeando al otro lado de la cordillera. Porque a nadie le importamos realmente; es más bien un sentido oculto en un frasco soldado y con su tapa magullada por los recuerdos de las viejas que no saben ya oír.
La de siempre me dejó maniatado para ver si, de una vez por todas, era capaz de construir el castillo de arena con el que siempre soñé. La de siempre me contestó de mala manera cuando le pregunté si debía ser con torres o sin ellas. La de siempre se porta mal conmigo. La de siempre es una boluda.
Con esto de los cambios horarios me siento medio japonés entre tanta cosa que se dice y no se cuenta. Los grandes son tan boludos como la de siempre, y encima no se dan cuenta de que uno sólo quiere escupir cada vez más lejos.
El amor platónico que construí, con las manos atadas, el otro día no fue suficiente y tuve que predicar los salmos 21 y 22 toda la tarde en presencia de mi abuela; la pobre está cansada de mí.
No aprendí a hablar sino hasta que tuve 4 años.
Y los pies se me convirtieron en grandes hormigas que transportan alimento de viejos muertos.
Uno nunca sabe lo que puede pasar después de las manos. Porque uno no tiene control de lo que no toca. Sí, a veces tampoco se lo tiene de lo que se toca. No importa lo que uno diga o deje de decir, lo interesante es sentarse a la orilla de algún mar a oír las olas golpear contra las piedras.
Mi hermanito tiene 3 y ya sabe hablar y leer.
Nunca voy a soltarme las manos por mis propios medios.
La de siempre, yo sé, algún día me va a llorar. Va a ver mis ojos muertos y ahí va a poder ver el aleph de mi vida que nunca me dejó contarle por preocuparse de su castillo de arena con o sin torres.