lunes, diciembre 12, 2005

Hoy, después de alergias y desarraigos me detengo para verte caer de deshonor sobre los pisos repletos de idiota porvenir. Estás allí, sentada, desgarrada por el llanto impúdico de quienes sueltan la voz sólo para sentirse libres. Estás, frustrada y deshauseada por las lámparas del manicomio de los tristes reprimidos.
Me levanto en la mañana, imagino tu rostro lloroso, camino -soy un ente más-, veo la gente andar a un ritmo distinto, callo mis miserias, te busco como las flores buscan el sol.
Andás por ahí, llorando, sintiendo las pesadas miradas de los que esperan que caigas una vez más y es eso, sólo una próxima vez, lo que detentas, lo que esperas, éso lo que tanto buscas con tal de dejar la tristeza a un lado y echarte a reir como una feliz desdichada.
Camino por esas calles que tanto conozco, reflexiono sobre los jabones y los baños mal secados y estás, allí, en mi mente, en mi alma: feliz como siempre, hermosa como pocas.
Te desvelás por esas cosas que los fantasmas llaman agonía, luchás contra vos misma en vez de dejarte caer. Ves los dedos mojados por tus lágrmas insensibles. Me esperás, sabés que no voy a llegar y-sin-embargo me esperás.
Ando cual vagabundo buscando una sonrisa para imitar y las encalladas amarguras se me enfrentan para bajar las armas, verte me hace sonreir.
Y el silencio te supera, te volvés ausente, respirás con esfuerzo, morís de a poco, sonreís por tu derrota, me mirás.
Me voy, no vaya a ser cosa que te pierda y me muera otra vez.